domingo, 6 de octubre de 2013

BOMBARDEO


James Nachtwey, Bosnia, 1993.

 
Caían colmenas estrujadas
zumbando amarillo y negro
caían esponjas vomitando
aguijones, temblor y lanzas

caían martillazos sobre pétalos y golpes
contra pechos como yunques
caían colmenas estrujadas
de farolas y cornisas
explotando corazones
y el orín de los patos
inundaba bocas y gritos
y enterraba a las últimas reinas
en charcos de lodo
brotando en cada esquina.

Un millón de vacas se ha posado en las praderas de asfalto
y muge antes del tiro de gracia
pidiendo a oscuros gorriones que miren a otro lado.
No son reunión apacible sobre árboles y cornisas, son ojos lejanos
espectadores ausentes mirando escenarios ajenos,
testigos inmunes al millón
de mugidos y de colmenas
y a salvo de cascadas de hormigón y de aceleradas
lluvias torrenciales de verdugos explosivos.
Mugidos entre fugaces rosas de fuego
y rumiantes florecientes entre cascotes y llamas
tienen sus ojos ignorados llenos de minerales
y dinamita.

El aire hoy es una noria
que va tirando piedras y el suelo es viento y ceniza
sobre la espalda de un millar de rinocerontes
a la carga por las alcantarillas.
Mamá estaba destinada a ser una alfombra entre tantas otras.
Los elefantes del Apocalipsis pisan su espalda inmóvil
y desentierran porcelanas y diamantes
de los baúles fuentes de palabras.

Una salamandra histérica
amarilla y negra
camina de portal en portal calle abajo,
mientras agita la cola ahuyentando a las moscas,
ahuyentando a las mujeres,
ahuyentando a todos,
a relámpagos y hembras que abren la puerta
de sus casas al oír las trompetas de los elefantes
y las porcelanas rotas y las moscas cebadas
sobre montones de estiércol.

Los barrenderos aplacan el hambre de las moscas
rebuscando con las escobas entre adoquines voladores,
escarbando entre las cejas de las estatuas troceadas,
preguntando a los escarabajos si tienen cejas.
Se bajan los pantalones para embadurnarse
con ceniza el rostro y los genitales
gritando incoherencias a los grillos que cantan
entre latas de sardinas vacías y piedras de aire.
Cuando hablamos con ella no lo sabíamos,
pero mamá estaba destinada a ser una alfombra
sobre adoquines rojos, entre tantas otras.
Porque los basureros esculpen becerros
con latas de sardinas vacías y acuerdan igualar el futuro
de madres, de grillos y de hijos que dicen no
con el de moscas y alfombras, no lo sabíamos
pero mamá y papá
amigos y grillos
reinas y cuadernos
dibujos y sandalias
bastones y lápices
escobas y peines
libros y peluches
sonajeros y relojes
armarios y cristales
diccionarios y sillas
diademas y pendientes
televisores y cerillas
cortaúñas y mondadientes
biberones y gafas
platos y tenedores
pantalones y corbatas
calzoncillos y cucharas
botones y cazuelas
almohadas y sábanas
sofás y marañas
estaban destinados
a ser alfombras de silencio
sobre adoquines rojos.

Hoy las alfombras cubren todas las calles
y las calles llegan hasta el mar,
hasta una playa que olvida
el nombre de cada uno de sus granos de arena.

Hoy el aire es una noria que va tirando piedras
y el óxido rezuma de las axilas de los puentes
mientras una salamandra eléctrica se pierde calle abajo
ahuyentando con su cola a mascotas y a madres,
llamando histérica con las trompetas de los elefantes
a ejércitos de ácido y saliva sobre las rodillas de las ranas
y de los niños y de los hombres que estaban destinados
a ser alfombras de silencio
sobre los adoquines rojos de las calles.

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