Caían
colmenas estrujadas
zumbando
amarillo y negro
caían
esponjas vomitando
aguijones,
temblor y lanzas
caían
martillazos sobre pétalos y golpes
contra
pechos como yunques
caían
colmenas estrujadas
de
farolas y cornisas
explotando
corazones
y
el orín de los patos
inundaba
bocas y gritos
y
enterraba a las últimas reinas
en
charcos de lodo
brotando
en cada esquina.
Un
millón de vacas se ha posado en las praderas de asfalto
y
muge antes del tiro de gracia
pidiendo
a oscuros gorriones que miren a otro lado.
No
son reunión apacible sobre árboles y cornisas, son ojos lejanos
espectadores
ausentes mirando escenarios ajenos,
testigos
inmunes al millón
de
mugidos y de colmenas
y
a salvo de cascadas de hormigón y de aceleradas
lluvias
torrenciales de verdugos explosivos.
Mugidos
entre fugaces rosas de fuego
y
rumiantes florecientes entre cascotes y llamas
tienen
sus ojos ignorados llenos de minerales
y
dinamita.
El
aire hoy es una noria
que
va tirando piedras y el suelo es viento y ceniza
sobre
la espalda de un millar de rinocerontes
a
la carga por las alcantarillas.
Mamá
estaba destinada a ser una alfombra entre tantas otras.
Los
elefantes del Apocalipsis pisan su espalda inmóvil
y
desentierran porcelanas y diamantes
de
los baúles fuentes de palabras.
Una
salamandra histérica
amarilla
y negra
camina
de portal en portal calle abajo,
mientras
agita la cola ahuyentando a las moscas,
ahuyentando
a las mujeres,
ahuyentando
a todos,
a
relámpagos y hembras que abren la puerta
de
sus casas al oír las trompetas de los elefantes
y
las porcelanas rotas y las moscas cebadas
sobre
montones de estiércol.
Los
barrenderos aplacan el hambre de las moscas
rebuscando
con las escobas entre adoquines voladores,
escarbando
entre las cejas de las estatuas troceadas,
preguntando
a los escarabajos si tienen cejas.
Se
bajan los pantalones para embadurnarse
con
ceniza el rostro y los genitales
gritando
incoherencias a los grillos que cantan
entre
latas de sardinas vacías y piedras de aire.
Cuando
hablamos con ella no lo sabíamos,
pero
mamá estaba destinada a ser una alfombra
sobre
adoquines rojos, entre tantas otras.
Porque
los basureros esculpen becerros
con
latas de sardinas vacías y acuerdan igualar el futuro
de
madres, de grillos y de hijos que dicen no
con
el de moscas y alfombras, no lo sabíamos
pero
mamá y papá
amigos
y grillos
reinas
y cuadernos
dibujos
y sandalias
bastones
y lápices
escobas
y peines
libros
y peluches
sonajeros
y relojes
armarios
y cristales
diccionarios
y sillas
diademas
y pendientes
televisores
y cerillas
cortaúñas
y mondadientes
biberones
y gafas
platos
y tenedores
pantalones
y corbatas
calzoncillos
y cucharas
botones
y cazuelas
almohadas
y sábanas
sofás
y marañas
estaban
destinados
a
ser alfombras de silencio
sobre
adoquines rojos.
Hoy
las alfombras cubren todas las calles
y
las calles llegan hasta el mar,
hasta
una playa que olvida
el
nombre de cada uno de sus granos de arena.
Hoy
el aire es una noria que va tirando piedras
y
el óxido rezuma de las axilas de los puentes
mientras
una salamandra eléctrica se pierde calle abajo
ahuyentando
con su cola a mascotas y a madres,
llamando
histérica con las trompetas de los elefantes
a
ejércitos de ácido y saliva sobre las rodillas de las ranas
y
de los niños y de los hombres que estaban destinados
a
ser alfombras de silencio
sobre
los adoquines rojos de las calles.

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