miércoles, 2 de octubre de 2013

ESTA TARDE LOS MUERTOS





 
Esta tarde los muertos estuvieron vomitando sangre durante horas.
Yo les sujetaba la frente con uno de mis brazos mientras con el otro les rodeaba los hombros.
Intentaba ayudarles, mitigar su dolor, pero las arcadas
eran tan intensas que algunos se deshacían mientras yo les sostenía
como si hubiera apretado demasiado fuerte un odre
deteriorado lleno de sangre.
Cuando se apagó el día y se hizo la calma y quedamos todos atrapados
en el calabozo de la noche, estaba empapado de sangre
y calado hasta los huesos intenté marchar raudo hacia mi casa.
Pero mis pies apenas podían moverse entre los cadáveres. Caminaba lentamente,
sin mano o luz alguna que me guiara, a veces tropezaba
y aplastaba carne sumida ya en un pozo de silencio, otras veces
me abría paso a nado contra mareas de resina sin nombre propio que las calmara.
Medio erguido y temblando, de rodillas,
a rastras, escalando siempre
la garganta de la urbe. Andaba con los ojos muy abiertos,
pero no porque en la calma hubiera nada que me impresionara,
sino porque durante el día habían tenido que ensancharse para poder tragar
puños de hierro que venían chillando desde el cielo,
aullando histéricos lo fácil que es emigrar a la nada y lo ridícula que es el asa
con que nos sujeta la vida.
La piel se me caía a tiras, la sujetaba como podía,
y tenía frío como no lo había tenido nunca, pero
seguía caminando y tropezando y tiritando
andando por una ciudad inmóvil y a oscuras que parecía
querer esconderse
en sus alcantarillas.


Cuando por fin llegué a casa
mis hijos estaban acostados y mi mujer
me esperaba sentada ante una vela apagada. Su evocación de la luz
y los ojos de mi esposa quemados por las lágrimas
fijos en el vacío iluminaron mi recibimiento.
Le expliqué que no había podido traer pan
porque había estallado un obús y el pan había quedado sepultado
junto al panadero, bajo un montón de escombros y vecinos.
Le dije que agua sí teníamos y que ya pasaríamos hasta mañana,
pero no pareció oírme.
Cuando la toqué, sintió un escalofrío y se echó a llorar.
Entonces comprendí que yo también estaba entre los muertos.


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