Hay hombres que hablan por un sueño,
hombres que sudan sangre por la ignorancia mortal de sus hermanos,
hombres que comprenden el odio,
pero que no son comprendidos por el odio.
Amigo, te recuerdo hablando en medio de la calle
a gentes que te daban la espalda. Sólo las ventanas de las casas
te miraban, pero detrás no había ojos que pudieran ver lo que
decías.
Recuerdo tu voz inútil por encima de los muros del odio,
el agua mortal de las ciudades
pudriendo cirios en tus sienes.
Amigo, te recuerdo hablando en medio del tifón de asco y de sangre,
intentando armonizar el mundo
cuando el mundo era una jauría de muertos
en la que todos se dejaban llevar a la deriva.
Amigo, fiel servidor del sueño, recuerdo tu voz
alejándose calle abajo sin que nadie la retuviera,
perdiéndose
por un túnel negro garganta del silencio.
Recuerdo la urbe acogiéndote en su seno hostil:
tenías la misma voz que un grillo enredado
en zarzales huraños
llamando a la compasión cuando ya todos
habían sufrido el primer muerto.
Porque hay hombres que hablan por un sueño,
hombres que levantan los puños y piden la palabra
cuando todos los demás hunden los hombros
absorbidos por el odio.
Porque hay hombres que hablan por un sueño
y no se rinden ni en el destierro
de las ciudades tomadas por un eclipse de musgo,
porque hay hombres que hablan por un sueño
hombres francos que no tienen secretos ni ante los espejos
y son capaces de gritar su vida entera por una utopía
sin rendirse jamás ni ante miles de hienas
que lamen sus pies y muestran un rostro humano,
y porque hay otros hombres inflados por el odio
como los ahogados en un fétido pantano,
hay también balas y obuses que sin ni siquiera estar vivos
pueden acabar con un sueño sublime
y transmutar los cuerpos
en flores rojas sobre asfalto
embadurnado con un alba triste.

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