Recuerdo un espantapájaros chillando
en un campo desolado.
Recuerdo su voz afilada por la Luna
y su mirada ausente
sobre los cristales vacíos del invierno.
Recuerdo que hablaba de hambre y de guerra.
Me sentaba a los pies del castaño y observaba.
Sus ropas se agitaban con el viento y él
oscilaba como si quisiera salir corriendo.
El viento era un viejo seco y áspero con prisa
arrastrado sin piedad por fuerzas planetarias
y él siempre chillaba
sin conseguir desgajarse de la tierra.
Mis padres y mis abuelos, mis hermanas y hermanos,
todos los vecinos del pueblo
podían ver al desdichado
tan bien como yo le veía.
Pero no parecían hacerle caso.
Recuerdo que hablaba de hambre y de guerra.
Los únicos que le oyeron fueron los pájaros.
Yo me sentaba a los pies del castaño y observaba
rodar el mundo y un día
los vi marchar cruzando el cielo
como si algo que hubieran visto a sus pies les asustara.
Los hombres permanecieron aquí
sin ver nada,
esclavos e indolentes
como siempre
andando alucinados por su propio movimiento
¡ andando sin moverse !
demasiado ocupados como para evitar cumplir
sus profecías.

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