Hay un
niño muerto por error
tendido
en el asfalto
que
insiste paciente en manchar de rojo
la
historia celeste de los que le han silenciado.
Un
hombre inconcluso
derrama
sueños por su costado
nuez
quebrada a mazazos de plomo
sobre
la que trotan caballos
y
pacen ovejas
pequeño
montón de ausencia
ejerciendo
la misma presión planetaria
que
muta carbón en diamante.
La
muerte iguala todos los colores de los sueños
en el
único color de la sangre.
El
azul se deja para el cierzo y la guadaña.
Astillando
a hachazos la inmovilidad del aire
hay
una niña ciega erguida sobre las ruinas
de la
tierna locura,
ciega
porque no conoce su estómago una sola letra
en la
que pudiera escribirse su hambre,
astillando
a hachazos el trasto viejo de lo quieto
ciega
y descalza
y
erguida
erguida
sobre su propia garganta despellejada
de
tanto gritar
y
gritar que nosotros tenemos la razón,
ellos
el
dinero.

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