domingo, 29 de septiembre de 2013

EL PASEO





 
No tenías aliento sino cuchillos clavados en tu pecho
cuando la muerte por fin se aparecía detrás de ti a tus espaldas
y no se escondía delante agazapada
en un rincón desconocido de un futuro incierto


y no tenías cuchillos sino mandíbulas que se hundían hacia dentro
buscando tu corazón hasta dejarte sin aliento.


Corrías.
Corrías tan de prisa que por momentos
parecías salirte de ti mismo,
de tu cuerpo hacia el horizonte, porque corrías roto
y descompuesto y sin aliento
corrías
con cuchillos en el pecho y sabor
a sangre en la boca
corrías,
querías saltar ya de una vez hacia fuera, hacia lo lejos
y confundirte ya con el horizonte,
con la utopía de libertad y tolerancia con que te habías comprometido.


Pero no corrías. Tú, cuerpo, descarnado aliento y resuello en carne viva,
sueño inconcluso de la fruta, era de promesas, trigo y sinsentido de la carne,
truenos pétreos resuenan a lo lejos y no tienes frío no porque no haya hielo,
no porque no sea helada noche de invierno
ni porque no corte el aire hasta la sangre
sino porque no tienes tiempo, porque casi no tienes vida,
porque eres milagro delicado
y tú, tu cuerpo, descarnado aliento y resuello en carne viva,
cuchillos en el pecho y mandíbulas hacia el corazón, se derrumba aunque siga,
aunque huya, no huye,
que ante las balas está quieto y no corre,
que ante las balas se detiene y se rompe,
que ante las balas no es más que ternura delicada
milagro pusilánime y azúcar quemado sobre piedras.


El plomo clausura con gesto ordenado y parabólico
tres mil millones de años de caos y evolución.


Corrías, querías correr, querías querer correr
y huir tan deprisa que no te vieran, que no te vieran más
que no te vieran ya, que las sombras fueran amables y aliadas y te ocultaran
del odio y del deseo de derramarlo. Pero no tenías aliento,
todo era lastre hacia la tierra y el descanso
y el miedo ya no te empujaba
aunque te destruyera por dentro porque miedo
miedo había a borbotones, a pulmones llenos,
al corazón le golpeaban martillos de miedo y martillos de miedo a martillazos
te metían en una diminuta semilla de fruta
donde giraban comprimidos huracanes y cadenas.


Intentaste escapar pero ellos te vieron (sonreían)
y te alcanzaron
con balas primero y luego con sus botas, a pesar de haber corrido
a pesar de que querías la paz (y la paz acabó contigo),
a pesar de que todos teníais palabras y hablabais (porque podías hablar
te entregaron al silencio), a pesar de conocerte alguno de ellos (vecinos)
y a pesar de tardes compartidas y esperanzas y miedos,


a pesar de los cuchillos en el pecho, las mandíbulas hacia el corazón,
los arbustos arañándote y las sombras engulléndote,
a pesar del hielo en la cara y del sabor a sangre en la boca,
acabaste echando lastre (sangre)
hacia la tierra cuando el mundo saltaba hacia ti
a devorarte como una bestia hambrienta con un cuerpo planetario
y un estómago grande como el tiempo.


Corriste hasta que se te llenó la boca de barro y no de sangre
y se rellenó todo tu aliento con tierra y tus ojos se cerraron.
¡Los cerraron!
Tú querías seguir abierto, abierto al mundo,
a todo el mundo, y lo pagaste con tu vida cuando te mataron
como a un perro muerto ya de miedo (eras humano) y cuando tú querías
seguir abierto hablando a todo el mundo y gritando: “Tirad lastre,
tirad lastre, tirad lastre, tirad lastre,
vaciad vuestra cabeza de colores y de respuestas,
de palabras decisivas y de fronteras, vaciad vuestra cabeza
de trapos con sentido y de himnos y de respuestas y líneas,
que si las preguntas son lo que nos une y hace iguales,
creernos las respuestas es lo que nos separa!”
Y aquella noche corriste:
era ese el único camino, huir hacia tu muerte mirando fijamente aún al horizonte
como si el horizonte aún te hablara,
como si aún tuviera cosas que decirte
mientras ibas tirando lastre (sangre)
hacia la tierra oscura, ciega, sorda y muda.


La noche no iba de sueño sino de cristales rotos.
Fue el estrépito del vidrio lo primero en quebrar tu sueño,
luego te levantaste de un salto y tu amiga te empujaba
(en el piso de abajo los oías, borrachos algunos,
vamos a dar un paseo, decían otros)


y entró el miedo de repente mientras ella te empujaba
como si la noche hubiera desbordado y tomado por asalto
el cuerpo y el calor que antes se fundía con otro cuerpo.
Ya no erais uno sino dos, porque huíais, y ya no erais, porque huíais
os vestisteis rápido y os besasteis convocando un poder
que destruyera la pesadilla y de nuevo os fundiera
pero el retumbar de sus botas pudo más
que los conjuros del deseo y huisteis sin remedio, sin tiempo:
miedo y aliento a través de una ventana y sobre los tejados.


Saltasteis por la ventana a un tejado,
a otro y luego al suelo
y después cada uno por su lado.


Sin saber cuándo la volverías a ver
oíste a tus espaldas que os habían perdido
y que iban a tirar por el camino
que ella había escogido.
Y entonces fue cuando gritaste.
Era a ti a quien buscaban y sobre ti se abalanzaron
(sobre su presa) dejando el otro camino
para la huida de los inocentes.


¡Ay, si no hubieras gritado...! ¡Ay!
Aliento incólume sobre la putrefacción de la carne, alba de caminos,
vivo entre los muertos y muerto entre muertos
¡Ay, si al menos no hubieras gritado...! ¡Ay!
Calla, te dijeron, calla, te amenazaron y calla insistieron
pero tú hablabas y hablabas, ¿qué ibas a hacer si no,
si no hablar? Semilla que flotaba en un océano de odio creciente e ignorancia
no podías evitar hablar como no pueden evitar brotar las semillas
plantadas en la tierra, brotar continuamente, como una fuente que no cesa
de dar frutos aunque el aire no sea oxígeno sino amenazas.


Hablar era mortal
y además gritaste... ¿y qué ibas a hacer si no,
si no gritar? ¡Ay, si no hubieras gritado!
Aliento contra las piedras y cuchillos en el pecho,
risas (para otros), y odio que no cesa y patadas estando ya en el suelo
y desprecio, aliento contra las piedras y cuchillos en el pecho
(ahora de acero y no de aire)
y un reguero de lastre (sangre) hasta tus pies y en tu camisa.


Piel sobre la tierra y noche a martillazos
¿qué te hicieron? ¿Qué te hicieron el herrero y los vecinos,
los yunques y las gramolas, que no te reconocen más que los gusanos
ni te invoca ya el alba? ¿Qué te hicieron
noche de las jugosas naranjas, visitante forzado de los altares de la baba?
Soltaste lastre a borbotones y sólo acuchillado callas.
¿Qué te hicieron?
Aliento contra las piedras y cuchillos en el pecho,
patadas en los huevos y metal en tus entrañas,
piel sobre la tierra y noche a martillazos,
cuerpo ejecutado y boca abierta al barro,
todo quieto sobre los huertos y calles de silencio
cuando el alba en breve se atreverá contra el costado del mundo
y tú ya no serás de nadie, ni de la luz ni del camino,
ni de un nombre amigo, ni de un nombre amante.
¿Qué te hicieron Lázaro traicionado y amenaza de silencio?
¡¿Qué te hicieron?!


¡Ay, si al menos...
si al menos no hubieras gritado!

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