Ya no era un niño.
Nadie me esperaba.
Nadie había
sobrevivido.
Mi pueblo era
cementerio de elefantes
y aterido montón
de silencios estridentes
y de casas vacías.
A veces
alguien pasaba
cerca
pero había mucho
miedo.
El castaño se
erguía
al lado de campos
desolados.
Durante años
nadie los había
cultivado.
El espantapájaros
había desaparecido.
Regresé cuando el
verano
todavía no había
secado los caminos
y la siniestra
sombra del hambre tiznaba
el rostro de los
que aún caminábamos.
En el cielo no
había más augurios
que los propios de
un verano caluroso
y la calma era
cansancio y ruinas
como si el odio
hubiera hibernado de repente
en los huecos de
corazones agotados,
igual que la
bajamar recoge el océano
hasta descubrir la
verdad de una playa
que olvida el
nombre de todos sus granos de arena.
Regresé a los pies
del castaño.
Él había
sobrevivido a bombas y obuses,
a buscadores de
leña durante el invierno,
a migraciones,
estruendos y despropósitos.
Regresé a los pies
del castaño y supe
que él había
sobrevivido al odio y al miedo,
a la rabia y a la
sed de venganza.
Dispersaba sus
semillas
sin pedir permiso a
las fronteras.
Lo abracé como a
un amigo.
Yo ya no era el
niño que había huido
y podría sin
mentir haber usado otro nombre
distinto al que mis
padres me dieron.
Quería cantar
feliz
porque había visto
morir a muchos hombres,
porque había
odiado y había matado
y quería que la
música me limpiara,
no quería quedar
lastrado.
Escuché el viento
entre sus ramas
y me tumbé a sus
pies
aguardando el
hambre de sus raíces,
la canción que me
limpiara,
la inmolación
hacia el aire.

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