martes, 17 de septiembre de 2013

EL REENCUENTRO

 
Romeo Koitmae




Años después regresé a los pies del castaño.
Ya no era un niño.
Nadie me esperaba.
Nadie había sobrevivido.
Mi pueblo era cementerio de elefantes
y aterido montón de silencios estridentes
y de casas vacías. A veces
alguien pasaba cerca
pero había mucho miedo.


El castaño se erguía
al lado de campos desolados.
Durante años
nadie los había cultivado.
El espantapájaros había desaparecido.


Regresé cuando el verano
todavía no había secado los caminos
y la siniestra sombra del hambre tiznaba
el rostro de los que aún caminábamos.
En el cielo no había más augurios
que los propios de un verano caluroso
y la calma era cansancio y ruinas
como si el odio hubiera hibernado de repente
en los huecos de corazones agotados,
igual que la bajamar recoge el océano
hasta descubrir la verdad de una playa
que olvida el nombre de todos sus granos de arena.


Regresé a los pies del castaño.
Él había sobrevivido a bombas y obuses,
a buscadores de leña durante el invierno,
a migraciones, estruendos y despropósitos.


Regresé a los pies del castaño y supe
que él había sobrevivido al odio y al miedo,
a la rabia y a la sed de venganza.
Dispersaba sus semillas
sin pedir permiso a las fronteras.
Lo abracé como a un amigo.


Yo ya no era el niño que había huido
y podría sin mentir haber usado otro nombre
distinto al que mis padres me dieron.
Quería cantar feliz
porque había visto morir a muchos hombres,
porque había odiado y había matado
y quería que la música me limpiara,
no quería quedar lastrado.
Escuché el viento entre sus ramas
y me tumbé a sus pies
aguardando el hambre de sus raíces,
la canción que me limpiara,
la inmolación hacia el aire.

No hay comentarios:

Publicar un comentario