Las moscas son
sencillas
sencillas son sus
reglas, previsibles
sus comportamientos.
¿Eres tú una
mosca?
¿Te impresionan las
corbatas? ¿Te deslumbran los trajes elegantes? ¿Te hipnotizan
los coches caros y
los palcos desde donde se asegura que no hay primaveras
para tantos
vientres?
Por la noche nos
reuníamos los sacrificables
y contemplábamos
cuando podíamos
las estrellas.
Su luz nos
acariciaba el rostro y hendía nuestras pupilas con manos de musa
indiferente.
Procurábamos que el
odio se quedara aparcado fuera
y nos decíamos:
estamos atrapados
en la misma nave con
las moscas.
No hay escapatoria.
Acorralados
viajábamos hacia
dentro.
¿Qué he hecho yo
hoy
para diferenciarme
de las moscas? Para ganarme la luz de las musas,
el reconocerme
mañana en un espejo.
He regalado pan,
decía el panadero,
y todos conveníamos
en que eso jamás lo haría una mosca.
He quemado mi
biblioteca, confesaba el escritor,
para proteger del
frío a un desconocido.
He interpuesto mi
coche, temblaba el profesor,
entre un herido y el
francotirador
que lo había
abatido.
He salvado a un
escarabajo, reconocía el mecánico,
de morir aplastado
en una calle
donde a la gente se
la vendimiaba con guadañas.
Contemplábamos las
estrellas.
Cuando podíamos.
¿Qué has hecho
tú?, inquirían.
He buscado un verso,
confesaba yo, un verso que nos libere,
una palabra
definitiva que guarde el océano en nuestro iris
y calce por fin una
tormenta en un zapato humilde.
Eso no existe,
objetaban.
Eso creen las
moscas.
Y se reían.
Y eso era lo que
había hecho yo
para no ser mosca:
ser bufón.
Y bebíamos vino en
akelarre hasta que la realidad nos derrotaba.
Luego regresábamos
a casa camuflados por las alcantarillas.
Cada uno encerrado
en su propio túnel de silencio.
Y yo apuñalaba el
aire con preguntas: ¿dónde están los demócratas
de Europa? ¿Dónde
están? ¿Qué hacen ellos
día a día para no
ser moscas? Para reconocerse en los espejos.
Y la única
respuesta que obtenía era la hediondez de las alcantarillas
los aullidos de las
perras en celo
bombas y disparos,
signos de puntuación
con sabor a
ciclonita y escupitajos de desprecio.
Apretaba los dientes
y me secaba las lágrimas como podía escondido
en una biblioteca
invisible. Soy la letra que falta
para que los libros
se transformen en música
el grito que ilumina
una ruina arqueológica
un átomo de oxígeno
para una llama
moribunda.
Alzaba mi mirada a
Diderot y a Voltaire
mientras mi cuerpo
avanzaba hundido en la mierda del mundo.
Atrapado con moscas
y aliado con un puñado de alientos
con los que alguna
vez había soñado cambiar el mundo.
Cada noche
acuchillaba una letra en la pared, de pasada,
sin entretenerme
sólo una por noche
era una fiesta
hasta que escribí
por fin lo que quería escupir del todo al mundo:
maldigo a las moscas
un millón de veces
las maldigo y a todos aquellos
que se creen algo
más que ellas
pero permiten que la
frente de la razón y del sosiego
se rompa contra los
adoquines del asco
A los demócratas
biempensantes maldigo
y a todos aquellos
que eluden por radical el compromiso y aceptan
que los fascismos
crezcan
como tenias en el
vientre de los pueblos.
Luego amanecía.

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