jueves, 26 de septiembre de 2013

DEMÓCRATAS



Planeta Tierra visto desde la Luna



Las moscas son sencillas
sencillas son sus reglas, previsibles
sus comportamientos.
¿Eres tú una mosca?
¿Te impresionan las corbatas? ¿Te deslumbran los trajes elegantes? ¿Te hipnotizan
los coches caros y los palcos desde donde se asegura que no hay primaveras
para tantos vientres?
Por la noche nos reuníamos los sacrificables
y contemplábamos
cuando podíamos
las estrellas.
Su luz nos acariciaba el rostro y hendía nuestras pupilas con manos de musa indiferente.
Procurábamos que el odio se quedara aparcado fuera
y nos decíamos: estamos atrapados
en la misma nave con las moscas.
No hay escapatoria. Acorralados
viajábamos hacia dentro.
¿Qué he hecho yo hoy
para diferenciarme de las moscas? Para ganarme la luz de las musas,
el reconocerme mañana en un espejo.
He regalado pan, decía el panadero,
y todos conveníamos en que eso jamás lo haría una mosca.
He quemado mi biblioteca, confesaba el escritor,
para proteger del frío a un desconocido.
He interpuesto mi coche, temblaba el profesor,
entre un herido y el francotirador
que lo había abatido.
He salvado a un escarabajo, reconocía el mecánico,
de morir aplastado en una calle
donde a la gente se la vendimiaba con guadañas.
Contemplábamos las estrellas.
Cuando podíamos.

¿Qué has hecho tú?, inquirían.
He buscado un verso, confesaba yo, un verso que nos libere,
una palabra definitiva que guarde el océano en nuestro iris
y calce por fin una tormenta en un zapato humilde.
Eso no existe, objetaban.
Eso creen las moscas.
Y se reían.
Y eso era lo que había hecho yo
para no ser mosca: ser bufón.
Y bebíamos vino en akelarre hasta que la realidad nos derrotaba.

Luego regresábamos a casa camuflados por las alcantarillas.
Cada uno encerrado en su propio túnel de silencio.
Y yo apuñalaba el aire con preguntas: ¿dónde están los demócratas
de Europa? ¿Dónde están? ¿Qué hacen ellos
día a día para no ser moscas? Para reconocerse en los espejos.
Y la única respuesta que obtenía era la hediondez de las alcantarillas
los aullidos de las perras en celo
bombas y disparos, signos de puntuación
con sabor a ciclonita y escupitajos de desprecio.

Apretaba los dientes y me secaba las lágrimas como podía escondido
en una biblioteca invisible. Soy la letra que falta
para que los libros se transformen en música
el grito que ilumina una ruina arqueológica
un átomo de oxígeno
para una llama moribunda.
Alzaba mi mirada a Diderot y a Voltaire
mientras mi cuerpo avanzaba hundido en la mierda del mundo.
Atrapado con moscas y aliado con un puñado de alientos
con los que alguna vez había soñado cambiar el mundo.
Cada noche acuchillaba una letra en la pared, de pasada,
sin entretenerme
sólo una por noche
era una fiesta
hasta que escribí por fin lo que quería escupir del todo al mundo:
maldigo a las moscas
un millón de veces las maldigo y a todos aquellos
que se creen algo más que ellas
pero permiten que la frente de la razón y del sosiego
se rompa contra los adoquines del asco
A los demócratas biempensantes maldigo
y a todos aquellos que eluden por radical el compromiso y aceptan
que los fascismos crezcan
como tenias en el vientre de los pueblos.

Luego amanecía.


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