Aquel obús último
dejó cuerpos
reventados colgando
de farolas y señales
y alguien dijo
basta. Y hubo paz.
Aquel obús último
iluminó portadas
con globos explotados de una feria intrascendente
y alguien dijo
hasta aquí. Y cayó la paz.
Aquel obús último
en el mercado acuchilló ojos
y removió por fin
consciencias y hubo puñetazos
sobre mesas de
caoba y gritos y desgarros
y resultó traer la paz. Aquel obús último.
Por fin.
Pero no era cierto.
La paz era cansancio, era la guerra
dando pérdidas
en lugar de
beneficios en metálico.
Fue en noviembre
cuando la gente salió
exaltada a las
calles. Vecinos y desconocidos
se abrazaban
celebrando por fin la llegada de la paz.
Allí donde antes
había cuerpos troceados y miedo
la gente ahora
bailaba y se abrazaba y se entregaba
por fin a la
felicidad. Respiraban
el oxígeno
por fin
les inflamaba.
La noche en que se
supo concedido el don de la paz
por los mismos que
antes -y ahora- preferían matar,
llovió hasta el
alba y se formaron riachuelos
en los pómulos de
la Tierra. Las montañas
lloraban de alegría
después de la guerra.
Las montañas
lloraban de esperanza
después del
terror, mientras los hombres disparaban
por fin al
aire, por fin a las nubes, por fin sin sangre,
por fin sin miedo,
por fin para ahuyentar fantasmas
y no para crearlos.
Una mujer sentada
en el suelo del inmenso cementerio
celebra la paz con
toda su familia.
El silencio la
abraza y quizás llora
pero como se le han
acabado las lágrimas
no se sabe. En
medio del frío de noviembre
entre las lápidas
sola
mira al vacío y
celebra la paz.
Pero la paz no
llega nunca.

No hay comentarios:
Publicar un comentario