miércoles, 18 de septiembre de 2013

LA PAZ NO LLEGA NUNCA


James Nachtwey, Afganistán, 1996.





Aquel obús último dejó cuerpos
reventados colgando de farolas y señales
y alguien dijo basta. Y hubo paz.
Aquel obús último iluminó portadas
con globos explotados de una feria intrascendente
y alguien dijo hasta aquí. Y cayó la paz.
Aquel obús último en el mercado acuchilló ojos
y removió por fin consciencias y hubo puñetazos
sobre mesas de caoba y gritos y desgarros
y resultó traer la paz. Aquel obús último.
Por fin.


Pero no era cierto.


La paz era cansancio, era la guerra
dando pérdidas
en lugar de beneficios en metálico.


Fue en noviembre cuando la gente salió
exaltada a las calles. Vecinos y desconocidos
se abrazaban celebrando por fin la llegada de la paz.
Allí donde antes había cuerpos troceados y miedo
la gente ahora bailaba y se abrazaba y se entregaba
por fin a la felicidad. Respiraban
el oxígeno
por fin
les inflamaba.


La noche en que se supo concedido el don de la paz
por los mismos que antes -y ahora- preferían matar,
llovió hasta el alba y se formaron riachuelos
en los pómulos de la Tierra. Las montañas
lloraban de alegría después de la guerra.
Las montañas lloraban de esperanza
después del terror, mientras los hombres disparaban
por fin al aire, por fin a las nubes, por fin sin sangre,
por fin sin miedo, por fin para ahuyentar fantasmas
y no para crearlos.


Una mujer sentada en el suelo del inmenso cementerio
celebra la paz con toda su familia.
El silencio la abraza y quizás llora
pero como se le han acabado las lágrimas
no se sabe. En medio del frío de noviembre
entre las lápidas
sola
mira al vacío y celebra la paz.
Pero la paz no llega nunca.

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