viernes, 20 de septiembre de 2013

LAS ÚLTIMAS CERILLAS









Foto de Diego Herrera (@dherreraphoto)



Mamá no sabía hacer nada
pero tenía rayos X en los ojos.
Papá estaba enfermo
en algún rincón del hospital, lejos.
Y mamá sola
aquella noche con sus tres hijos intentaba
no sucumbir a la desolación de un mundo
más parecido a la pesadilla de una hiena hambrienta
que a una sociedad humana.


Era difícil no naufragar


no dejarse llevar por la corriente
hacia el fondo del pantano negro
no sucumbir a las cloacas


resistir a la ciudad tomada
por la noche y asesinos
sobrevivir a la parálisis del frío
y al calambre del miedo y respirar
en el silencio mayor que se imponía
por encima de las bombas.


Ese manto deshabitado
que marcaba al rojo corazones
y abría los labios:
mamá no sabía hacer nada
pero tenía rayos X en los ojos.


No sabía detener el estruendo súbito de las bombas,
ni silenciar los disparos, ni conseguir
que las heridas de sus hijos
dejaran de dolerles por un rato,
ni siquiera sabía poner comida
encima de la mesa. - Eres tonta, mamá -
le chillaba su hijo mayor
eres tonta
con el rostro arañado por las lágrimas
- fuiste a por pan
le chillaba y te lo robaron,
fuiste a por agua
y la perdiste, le chillaba:
no sabes hacer nada, mamá,
eres tonta lágrimas y hambre.


Mamá se levantó llorando
y fue decidida hacia su hijo,
el mayor. Caminó
mientras luchaba
contra la piedra
crecida de repente
en medio de su garganta.
Amor lágrimas sin hambre.


El niño se asustó
- No te voy a pegar - exclamó mamá
entre sollozos
- Veo dentro de ti
y sé de dónde salen las palabras
cuando el dolor no para.


Mamá no sabía hacer nada
pero tenía rayos X en los ojos


y aquella noche reunió en el centro de la mesa
todas las velas que quedaban en la casa
y las encendió con las últimas cerillas.
Luego colgó el móvil de los niños
del techo de la cocina
y las piezas danzaron lentamente
como magos en trance invocados por la luz
lanzan inquietos destellos lácteos
contra la oscuridad y las paredes.
Mamá y los niños quedaron embelesados
durante unos segundos
por la magia de la luz y del silencio.
Sus miradas eran nubes de verano
flotando en un gran charco negro.


Entonces la hermana dijo que tenía hambre.
- No seas tonta -contestó el más pequeño de los tres
con las últimas reservas de inocencia-
esta noche cenamos luz.

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